Caretas, 1953

Artículo que narra la historia de Víctor Delfín, un joven pintor peruano que, movido por su pasión por el arte y la naturaleza, abandona la ciudad para establecerse con su familia en la selva de Tingo María, donde construye una vida austera pero profundamente creativa, dedicada a pintar y convivir con el entorno amazónico.


LA EXTRAÑA HISTORIA DEL PINTOR DE LA SELVA

A la derecha: Víctor Delfín y su esposa, Haydée. Está el Huallaga a su paso por Tingo María. Abajo: Medio desnudo, el Delfín.

Quisiera agradecer muy sinceramente a todos los amigos que he dejado en la hermosa ciudad de Tingo María por su ayuda y cooperación para el mejor éxito del trabajo que llevo a mis espaldas, la selva. No se trata de romanticismo cursi si digo que los tres lienzos están llenos del corazón de quienes me han alentado con su cariño durante mi estada en Tingo María. Tiene toda la tradición que el artista pinte su lugar de labor. Da Dürerito, se enamora para siempre de Tingo. A todos aquellos que me ayudaron más directa o más calladamente, les tendré siempre muy presente: al Doctor Bucz, Mr. Freeman, el profesor Lubbock, los estudiantes norteamericanos, Antonio Abarca, Alfonso Rivera, el señor Méndez, el pintor Ríos, Juan Ampuero, Guido Aráoz, Club América, Alianza Oriental, Escuela Experimental, Ballet, Jockey Club, Tomás Rodríguez, Bernardo del Águila, y perdónenme si omito a alguien por la mala memoria. ¡Hasta pronto!

J.B.A.

Una noche que estábamos un grupo de amigos sentados en el bar “Oasis” de Tingo María, se sentó a nuestra mesa un hombre de regular estatura, moreno, vistiendo una camisa blanca y con una humeante pipa entre los dientes. Se presentó como Víctor Delfín, ex-alumno de la Escuela de Bellas Artes de Lima. Estaba llegando desde —decía— los más recónditos rincones de la selva, y al fin había logrado su sueño de dedicarse completamente a la pintura.

Comenzaba así uno de los más intrigantes episodios que recuerde, una historia que me demostró que cuando un hombre de una rara fuerza interior se propone algo, lo consigue. El hombre se había convertido en “un ermitaño vivo” en el corazón verde del “interland” selvático del Perú. Vivía como un auténtico nativo.

Después nos relató varias cosas distintas y extrañas. Entre ellas, que él —llevado por su pasión por la pintura— había dejado Lima con su mujer Haydée, y su hijito David, para internarse en plena selva, en el lugar llamado “Las Palmas”, a seis horas de navegación río abajo desde Tingo María. Se hallaban en una choza, en el corazón mismo de la jungla.

—“El resto es el de esta extraña y apasionante historia”, decía nuestro pintor selvático.

Había llegado hasta el lugar más recóndito del Huallaga —llegó incluso hasta parte del caserío Las Palmas, en las colinas selváticas. Estaba decidido a no abandonar jamás la selva.

Vivía Víctor y Haydée con su hijito David, de año y medio de edad.

Delfín, inclinado sobre la tierra rojiza de la selva, la expresión adusta y severa; Haydée siempre con el brillo entusiasta y alegre de sus lindos ojos pardos y con la blanca tez aún tierna de lodo.

—“Sí, esos fueron tiempos duros”, recuerda Víctor Delfín, y su mujer asiente sonriendo, mirando amorosamente. “Se tomaron decisiones extremas —me dijo—. Quemamos los muebles. Nos deshicimos de todo lo que no sirviera para pintar y vivir.”

Ellos mismos, a costa de pacientes y laboriosos esfuerzos, construyeron una gran cabaña. Antes de empezar a cultivar el café —que es la base de su plantación—, tuvieron que tumbar el monte y limpiarlo, tarea por demás ingrata. El encierro podía verse interrumpido muchas veces con peligrosos desmayos, excepto una camisa y un pantalón, no tenían más que machete en mano bajo un sol agobiante que elevaba la temperatura a más de treinta grados. Por días se alimentaban de plantas inquisitivas —de sabor parecido al pan—, paltas y naranjas.

—“Ahora ya estamos un poco mejor”, dice Víctor. “Tenemos algunos bloques de papel y comenzamos a pintar. Ya no nos sentimos presos ni limitados al rígido ‘confort’.”

—“He traído varias hojas”, añade Víctor, “algunas de mis composiciones están completamente libres. En esas horas pinto, y pinto, y pinto.”

—“No sé si alguna vez llegaremos a exponer los cuadros que hicimos para la Beneficencia o los que me falta hacer. Me han dicho que las cosas no andan bien.”

David —el hijito— corre descalzo frente a la choza y llama a su madre.

—“Mi hijo ha nacido entre la selva —vive y por él”, dice con voz soñadora, de limpieza dorada, Haydée. “Él es la vida. Desde que llegamos no ha vivido ni ha sido color de hospital.”

El matrimonio se conoció en la Escuela del “Conde Ají”. El Conde hacía de realizador escénico en Tingo María en una pequeña compañía de teatro. Los Delfín fueron reconocidos por turistas que admiraron su esfuerzo de internarse en la selva y vivir con los nativos. Un pintor norteamericano dejó algunas tintas especiales que fueron adquiridos por los Delfín para seguir pintando.

Haydée, unida por su amor, por la selva y por su hombre, ha encontrado en su vida los días hoy serenos, duros de su vida. En la mirada sonriente y tranquila de los Delfín se observa la felicidad de quien está convencido de haber hallado su camino entre los hombres. Se les admira como a los que con alegría interior luchan brazo a brazo contra la adversidad.

Scroll to Top